Una visión reducida del TDAH nos lleva a mirarlo únicamente como dificultades atencionales. Sin embargo, existen otros indicadores como la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración, la desregulación emocional, la desorganización, la rigidez o la inflexibilidad que repercuten en diferentes ámbitos de la vida cotidiana.
Estas características influyen en la manera en que una persona responde a los demás, en cómo los demás responden a ella y en su desempeño en actividades personales, académicas y profesionales.
Cuando estas experiencias se repiten a lo largo del tiempo, pueden tener consecuencias que van más allá de la dificultad concreta que las originó. Desde la infancia, las experiencias de conflicto con pares, dificultades escolares, errores frecuentes o posteriores obstáculos en el ámbito laboral pueden contribuir a la construcción progresiva de determinadas percepciones sobre uno mismo y sobre los demás.
Así, surgen y se consolidan suposiciones y percepciones negativas que forman parte de la manera habitual de interpretar las propias experiencias. Veamos algunas de ellas:
Así piensa una persona con TDAH
«No tengo demasiado control sobre mi vida»
Una de las características de una mentalidad positiva es la percepción de cierto grado de control sobre lo que sucede en la propia vida, acompañada de una valoración realista de aquello que podemos modificar y aquello que escapa a nuestra influencia.
Algunas características asociadas al TDAH pueden favorecer esta sensación de falta de control. Por ejemplo, cuando una persona actúa impulsivamente sin anticipar las consecuencias, los resultados negativos pueden interpretarse posteriormente como evidencia de que no tiene control sobre sus propias acciones.
- Con el tiempo, pueden aparecer pensamientos como:
- «Sé lo que debería hacer, pero no consigo hacerlo»
- «Nada de lo que hago parece funcionar”
- «No puedo controlar mis reacciones”
También puede instalarse la sensación de que los propios esfuerzos nunca son suficientes para alcanzar aquello que se desea, especialmente cuando existe una búsqueda persistente de gratificación acompañada de frustración.
«Cuando tengo éxito, se debe a la suerte»
No siempre somos conscientes de ello, pero cuando tenemos éxito o fracasamos solemos construir explicaciones acerca de por qué ocurrió.
Las personas con una autoestima más elevada asumen de manera realista la responsabilidad por sus éxitos y reconocerse como participantes activos en ellos.
En cambio, cuando existe una baja autoestima, los logros pueden atribuirse principalmente a factores externos: la suerte, el azar o las circunstancias.
En el contexto del TDAH, esto puede expresarse mediante pensamientos como:
- «Tuve suerte»
- «Esta vez salió bien de casualidad»
- «El examen era fácil”
- «No sé si voy a poder hacerlo otra vez”
Cuando una persona no percibe sus logros como resultado de sus propios recursos y esfuerzos, sino como consecuencia de factores externos, resulta más difícil confiar en que podrá alcanzar resultados similares en el futuro.
Así, la dificultad para reconocer la propia eficacia contribuye progresivamente a la pérdida de esperanza.
«Si fracaso, significa que no soy capaz»
Las personas con una autoestima más elevada suelen considerar los errores como experiencias de las que pueden aprender. Pueden atribuirlos a factores modificables: por ejemplo, un esfuerzo insuficiente o una estrategia que no resultó eficaz.
En cambio, cuando existe una baja autoestima, los errores pueden interpretarse como evidencia de una incapacidad estable: «no soy suficientemente inteligente», «no puedo hacerlo» o «no sirvo para esto».
Esta interpretación puede generar sentimientos de impotencia y desesperanza. A su vez, puede comenzar a evitar determinados desafíos para protegerse de una nueva experiencia de fracaso.
«Soy menos capaz que los demás»
Las experiencias reiteradas de fracaso, errores y retroalimentación negativa afectan progresivamente la autoestima.
- «No puedo hacer eso, es demasiado difícil”
- «No soy bueno para esto»
- «Los demás pueden hacerlo, yo no»
Estos pensamientos terminan funcionando como una conclusión general acerca de la propia capacidad, más allá de la descripción de una dificultad puntual.
El problema aparece cuando esa conclusión comienza a anticipar el resultado. Si antes de comenzar una tarea una persona ya espera no poder realizarla, esa expectativa puede afectar su forma de abordarla y aumentar la probabilidad de abandonar, evitar o ejecutar la actividad con inseguridad.
¿Se puede cambiar esta mentalidad?
Determinadas experiencias repetidas a lo largo del tiempo, pueden contribuir a construir una manera negativa de interpretar los propios recursos, los errores, los vínculos y las posibilidades futuras.
Por eso, trabajar sobre estas creencias puede ser una parte relevante de la terapia psicológica en el TDAH. Identificar cómo se construyeron, qué experiencias las sostienen y qué evidencia existe a favor o en contra de ellas permite comenzar a diferenciarlas de una definición global de quiénes somos.
En CIC, podemos ayudarte desde el diagnóstico y el abordaje terapéutico con intervenciones adecuadas para mejorar tu calidad de vida.




